RELATOS GANADORES. 2016

CATEGORÍA NACIONAL

 

.La vieja Olivetti.
Raquel Fernández Alcalá

 

-La máquina de escribir no – suplicó aferrándose a una carcasa de plástico gris con un asa descolorida. En su interior habitaba una vieja Olivetti como un caracol ocupando su concha.
No poseía electrodomésticos, apenas muebles, tan solo una mesa, una silla y un viejo jergón, pero sería lo último que lograran despojarle de su máquina de escribir.
– Pero señor, si no tiene ni papel donde escribir, ¿para qué la quiere? – le repuso el operario.
– Llévese la silla si quiere, pero la máquina ni hablar – insistió, asiéndola sobre su pecho como si fuera un escudo.
Se llevaron la silla, y dejaron la casa en penumbra y en silencio, desprovista de sus entrañas. Con las manos temblorosas depositó la máquina sobre la mesa con sumo cuidado y apretó la pestaña que dejaba escapar la máquina de su protección. Los ojos se le iluminaron. Se sentó en el suelo, y miró a su alrededor.
Dicen que encontraron la casa con una mesa, un jergón, una carcasa de máquina de escribir, y una novela completa escrita en papel arrancado de las paredes.

.Curiosas miradas.
Maria Nieves Soria Somolinos

 

Cuando subió al tren en Atocha, se sintió observada por varios pares de ojos ¿estupor, sorpresa?, ya se estaba acostumbrando, era así desde que salió de la tienda.
Encontró un asiento libre frente a un pequeño rubio, que con ojos de espanto se apretujó a su joven madre, que la dirigió una dura mirada de reprobación. Luego observándola de reojo y con esa espontaneidad que da la infancia el niño espetó: «es muy fea, me da miedo ¿a ti no? ».

-Un poco – respondió con una alentadora sonrisa, borrada de golpe por el gesto glacial de la madre.

Nuevo foco de miradas cuando se apeó en Alcalá de Henares. Lógico –pensó- no es muy común ver a una adulta, sola, portando un enorme globo en forma de repugnante y peluda araña. ¡Qué se le va a hacer! No sabía, si su sobrino Jaime era un niño rarito o un futuro veterinario o biólogo, solo sabía que hoy cumplía cuatro años y que le encantaban los bichos repelentes.

 

.Inerte.
Tatiana Ojeda Bermudez

Me recuerdo firme y tenaz. Manchada de sangre, pero tenaz al fin y al cabo. Las piezas que unió el artesano formaban una pluma estilográfica, la mejor de mi serie y como tal, me compraron. Claudio era un magnate de las finanzas y sin duda escondía un oscuro pasado.

Así lo firmaban las palabras que con mi ayuda escribía una y otra vez. Así, me convertí en su cómplice.

Indolente de mi no pude testificar cuando aquellos policías aparecieron en el despacho. Su cuerpo culpable yacía sobre la alfombra persa y en su mano los resquicios de lo que fui. Inmóvil, observé un fragmento de papel en el suelo y, mientras la poca tinta que me quedaba, se mezclaba con la sangre que aún brotaba de su cuello, pude leer el nombre del asesino.

Como todo objeto inerte no nazco y no muero. Como objeto; callo, pero también sentencio. Soy cómplice y confidente. Conozco al asesino y sin voz lo revelo a través de mi próximo dueño. Soy instrumento de la palabra y con ella manejo al que escribe (y al que lee). Claudio murió una noche de frío y yo, simplemente, esperé no volver a escuchar su nombre.

 

CATEGORIA LOCAL

 

.Golpear la rutina.
Lourdes Arteaga  Garcia

Cuatro corcheas me rondan la cabeza. Tumbada en la cama no puedo evitar fijarme en el dibujo del gotelé. Recuerdo cuando era pequeña no paraba de dibujar formas con los pequeños bultos. Soy una chica normal. Me gusta saltar de baldosa en baldosa intentando esquivar las líneas que separan unas de otras. De roja en roja, las blancas llevan al vacío. El mundo se detiene. Entro en el portal de mi casa y me rodean interruptores a ambos lados del pasillo. Con los brazos estirados procuro tocarlos todos, de dos en dos, al mismo tiempo. A veces toco un objeto dos veces con la misma mano, pero es sin querer, lo prometo. No pasa nada, tiene solución. Puedo tocar otras dos veces con la mano contraria y el mundo se estabiliza. Las cuatro corcheas siguen en mi cabeza, dibujando un pentagrama castañeante.

 

.Quizás otro día.
Ángel Saiz Mora

Nada hace pensar que no permanece atento al profesor, por algo es uno de los alumnos más aventajados, pero su mente, ocupada en otras cuestiones, contradice esa apariencia. Lleva un papel en el bolsillo. Ayer consumió toda la tarde para llenarlo de palabras. Quisiera rozar su hombro y entregárselo cuando se volviese, pero la maniobra podría ser descubierta y el documento requisado, con la consiguiente humillación. Mejor esperar, mientras observa el pelo que se derrama sobre sus hombros. Es hora de confesarle la dicha y zozobra que le causa sin saberlo, que en sus ensoñaciones charlan animadamente, que fantasea a diario con situaciones que comparten y que quizá lleguen a producirse.

Al término de las clases ella recoge los libros y sale con la carpeta en el pecho. Rara vez le sonríe a modo de despedida, hoy tampoco. El miedo al rechazo malogra la entrega del sentido poema, toda una declaración. Se marcha abatido, con la losa de cobardía que soporta incrementada en unos gramos. Desconoce que otra muchacha le observa fijamente hasta que se aleja, alguien que también intenta reunir valor para transmitir sentimientos, que imagina cómo podría ser todo si él le correspondiera.

 

.Pasajera.
Rodrigo de Oliveira

El conductor tiró el cigarrillo y se subió al autobús. Aceleró dos veces antes de meter marcha. Era el recorrido final de la ruta. Final y definitivo: nunca fue rentable, y ahora los recortes.
Circulaba más lento de lo normal. Volcado sobre el volante, veía los inmensos plataneros incordiar los tejados de las casas. Tras quince años iba a echar de menos el barrio. Despistado, casi no frenó cuando la chica le hizo la señal. Sujetando el bolso sobre la cabeza con una mano, ella cazó el autobús con la otra y se lanzó adentro. Una fina lluvia empapaba la tarde.

– Señorita, vive en el barrio, ¿verdad? – le dijo mientras ella se sentaba.
– Sí…
– Pues este es nuestro último recorrido. Ya no hay otro autobús de vuelta.
Por el espejo la vio desenroscar el fular del cuello y usarlo para secar sus delicados brazos.
– No importa. Me apaño.

Ella se bajó en la última parada. Una señora con un diminuto paraguas le esperaba alegre en la acera. La chica se escurrió debajo y le besó la mejilla. Cruzaron la calle juntas del brazo y pronto desvanecían sábado adentro.Solo entonces el conductor cerró la puerta y zarpó hacia las cocheras.

RELATOS GANADORES. 2015

.Cuando la lluvia es solo lluvia.
Salvador Mery Peris

Cuando la lluvia es solo lluvia. No hay melancolía de amores perdidos, besos furtivos en una esquina oscura de la ciudad. Los amantes no recuerdan aquel bar donde por primera vez se refugiaron de la fría lluvia de invierno. Cuando la lluvia es solo lluvia. El hogar encendido no inspira al poeta antiguos amores, tiernas palabras y frases olvidadas. Cuando la lluvia es solo lluvia. El amor desaparece junto con la ternura de tus lágrimas. Cuando la lluvia es solo lluvia. Tu cuerpo ya no está junto al mío, te marchas cuando el amor es solo lluvia.

 

.Las víctimas.
Martín Sacristán Tordesillas

– ¡Lo que quiero saber es dónde están!-

Dar un puñetazo en la mesa no era la mejor estrategia. Impropio, además, en un inspector con tantos años en el cuerpo. Pero es que las maneras educadas de aquel muchacho le sacaban de quicio. Quince compañeros asesinados a lo largo de seis años. Y tras las pruebas forenses, autor confeso de todos los crímenes. Ya tardaba en decirle dónde estaban los cuerpos.

– Pero inspector, si llevo diciéndoselo desde el principio.

Y entonces cayó en el significado de su gesto, aparentemente banal. De ese repetitivo frotarse la barriga, lentamente y en círculos. El que hacemos tras quedar satisfechos con nuestro almuerzo.

 

.Efectos secundarios.
Sandra Monteverde Ghuisolfi

Tan desesperado estaba, que desoyendo todo consejo se atrevió a entrar en la ciudad a medianoche. Sigilosamente logró llegar indemne ante el consultorio del veterinario, donde golpeó y arañó la madera de una forma que solo usaban los animales salvajes en apuros.

El doctor se apresuró a abrirle; lo hizo pasar y le acercó un cuenco con agua. Satisfecha la sed y superado el miedo, la fiera explicó que por culpa del insomnio, su vida era un infierno. Había probado todo: tomarse un vasito de leche tibia, infusiones de tila, valeriana, pasiflora y cien menjunjes más que le recomendaron. Lo peor es que llegaba cansadísimo a su cueva pero en cuanto cerraba los ojos, el sueño se esfumaba.

– ¿Y no ha probado el viejo método de contar ovejitas? – le preguntó el galeno preocupado.

– Claro que sí y es el que me ha dado los resultados más nefastos.

– ¿Pero por qué?

– Por los efectos secundarios – le aclaró el paciente.

– ¿Qué efectos secundarios puede tener contar corderitos? Se supone que es para “despejar la mente”…

– Pues conmigo no funciona; contar ovejas no solo no me hace dormir ¡sino que me da un hambre! – se lamentó el lobo completamente desmoralizado.

RELATOS GANADORES. 2014

1º PREMIO: ” LAS CARTAS” 
por José E. Álamo Gómez.

Había un hombre que se escribía cartas a sí mismo. Todas los viernes cogía una pluma y relataba lo que había hecho durante la semana, sobre todo su trabajo en la oficina. Luego acudía a correos y la enviaba certificada. Le gustaba que el cartero le entregara la misiva en mano. Recibía esas cartas los martes.
A cada crónica de sus andanzas laborales respondía con otra narrando los sucesos del fin de semana: sus comidas, programas de la tele y lo que había hecho Ramsés, su hámster.
Estas respuestas también las certificaba. Recibía esas misivas los jueves. Así, dos cartas llegaban a sus manos cada semana. Durante veinte años, su vida giró alrededor de las cartas.
Pero llegó un martes en el que no recibió carta alguna. Preocupado, acudió a su oficina de correos para indagar. Allí, tras consultarlo, la encargada le comentó que no habían podido entregar la última carta por fallecimiento del destinatario. El hombre se disculpó y adujo que había sido un descuido imperdonable. A continuación, salió a la calle, abrió los brazos y se descompuso en letras que barrió el viento.

 

2º PREMIO: “MI RELATO PIONERA” 
por Diego Sánchez Chico.

Existió una vez, una tilde que logró asesinar la gramática. Unos dijeron que era una falta, por ignorancia, o negligencia. Una aberración de la grafía. Pero todos saben que fue una revolucionaria. Literatura viva. Valiente manuscrita. Consiguió poner en jaque a todo un sistema estructural, opresor y dictatorial, con tan solo un trazo. Su vida. Poner una tilde debe ser una acción simple, en cierta manera, incluso artística, pero conlleva coraje, consciencia y recuerdo. Respeto por aquella mártir. No hubo reglas, gomas, ni ortografía que la corrigieran. Rebelde imborrable. Diagonal en pie. No existió pronunciación para ella, pero no pasó desapercibida. ´

 

3º PREMIO: ” MANIAS” 
por J. Fornis Vaquero.

De no ser por esa casi imperceptible gota de sangre seca en la comisura del labio, nunca hubiera pensado eso de ella. Es cierto que huía de los espejos y que siempre pedía las comidas sin ajo, pero creí que era más por coquetería que por otra cosa. Lo de arrancar el crucifijo a la gente ya me costó más entenderlo. Pero bueno, todos tenemos nuestras manías.

Ahora bien, cuando vi aquella gota de sangre, no me quedó más remedio que preguntarle. Ella se vino abajo y me lo contó todo. Fue entonces cuando yo tuve que confesar porque nunca quería salir en las noches de luna llena.

RELATOS GANADORES 2013

PRIMER PREMIO
NUNCA ES TARDE

 

Llegaba a la biblioteca en hora lúgubre, cuando las sombras de los visitantes se disolvían entre el claroscuro de la noche. La rutina de su trabajo pasaba por desalojar el edificio, activar las alarmas y atrancar las puertas. Luego, embutido en su uniforme de centinela, la jornada laboral se alargaba monótona y solitaria.

Nunca fue hombre de estudios, los básicos para ejercer la vigilancia, pero le gustaba pasearse por los pasillos y rozar con el extremo de la porra los lomos de los libros. En ocasiones detenía su caminar, torcía la cabeza y, sin llegar a tocar los libros, leía en voz alta los nombres de los escritores: Valle Inclán; Pío Baroja, Manuel Machado… Algunas noches llegó a creer que los espectros de esas ilustres personas le recriminaban su dejadez…

Un día tomó la decisión de hacer justicia a esos nombres del pasado: eligió un pasillo al azar y paseó la porra por los estantes. La detuvo en un libro cualquiera. Leyó el lomo: “La torre de los siete jorobados”, Emilio Carrere. Sacó el libro del estante. Leyó el primer capítulo. Respiró hondo. Embutido en su uniforme de vigilante se sintió gozoso. Siguió leyendo…

MIGUEL ANGEL GAYO SANCHEZ

SEGUNDO PREMIO
UN TODO Y UN NADA

Una oscuridad absoluta poblaba aquella silenciosa noche de verano. La bruma, la cual se podía divisar a kilómetros de distancia, dificultaba en gran parte, la visión de esa larga y permanente lucha que siempre se ve pero nunca ha llegado a alcanzarse, que une dos elementos completamente opuestos, los cuales el hombre siempre ha soñado con conocer y que hasta ahora no ha llegado a conseguirlo. Dos elementos, el cielo y el mar, que en aquel momento no sentían la necesidad de revelarse. Juan, mantenía la mirada fija en un punto concreto de ese infinito e inexistente horizonte, mientras movía de manera reiterada y continua la pierna izquierda, tal vez como señal de nerviosismo. Así, cada día y durante numerosos años, continuó repitiendo esa misma acción sin dar a conocer, nunca, la razón aparente de ello. Una de esas noches, un joven, cuya mirada inocente se encontraba vacía de prejuicios, se acercó a Juan, ya desgastado por la edad y el tiempo, y le preguntó:

– Señor, ¿Qué busca con la mirada?

A lo que él le respondió:

– Yo no busco, pero este horizonte generoso me lo da todo con tan solo una mirada. Ese es el secreto y la belleza de un inmenso mar y un desconocido cielo, es la grandeza de un todo y un nada.

MARTA MALLO MANSO

 

 

TERCER PREMIO
CHICO OSTRA

Dos paradas después de subir al metro, se ofreció un asiento libre. No desaproveché la ocasión, y más rápido que mi contrincante, la vieja del pañuelo en la cabeza, tome posesión de él. De mi bolsillo delantero, saque mis gafas de pasta. De mi bolsa saque el libro: “La melancólica muerte de Chico Ostra”, y lo puse en mis rodillas con cuidado. Los vaivenes del vagón y las continuas paradas en las estaciones no conseguían molestarme. De mi bolsillo delantero del pantalón, saque el Ipod y los auriculares. Empecé con Half Japanese. Saqué el iPhone, y me hice una foto. La subí a Twitter: “Leyendo a Burton con Half Japanese en el metro”. Me sentía lleno de placer intelectual. De pie delante mío, una rubia con un bonito tatuaje hacia equilibrios por mantenerse en pie. Hice una foto de la portada con la espalda  tatuada de fondo. Colgué la foto en Facebook: “Libro de un auténtico GENIO”. Llegué a mi destino, y bajé del metro. Me encontré con Liz, que dijó: “He leído tu tweet. ¿Qué te parece el libro?”. Le contesté: “Apenas si he podido empezar, es difícil leer en el metro. Aunque la reseña lo deja muy bien”.

JORDI LLORENS MARTINEZ

RELATOS GANADORES 2012

PRIMER PREMIO:
LOS OJOS CERRADOS

La chica cierra los ojos.
Empieza a acariciar el instrumento. Respira aislándose totalmente del público.
El arco empieza a moverse, los dedos bailan sobre el violín.
Sus oídos disfrutan con cada nota. Siente el vibrato y el movimiento de las  notas.

Oye voces y toses en el fondo de la sala pero no la distraen. Lleva mucho  tiempo ensayando.  Sabe cómo es el ritmo y lo marca con el pie. No se olvida  de ningún bemol ni sostenido,  siente que las ligaduras y las semicorcheas  bailan solas en el aire. Las notas activan todos sus sentidos y recorren todo su  cuerpo. No piensa en nada, sólo disfruta y se deja llevar. No oye nada a su alrededor.  La pieza se está acabando, no quiere dejar de sentirse así. Pero todo tiene su  final.

Sin prisa abre los ojos, regresando a la realidad. Tranquila y satisfecha mira su  estuche abierto, está vacío. La gente pasa por el Metro ignorándola, excepto un  niño, con los ojos grandes, muy quieto, que la está mirando fijamente.  De  repente la sonríe y se va con su madre. Con los años será un violinista famoso.

Y siempre tocará con los ojos cerrados.

PAULA OLIVA GIL

SEGUNDO PREMIO:
EL MIEDO ANIQUILADO

Se acabó, decidió Carmen, sacando apresuradamente la maleta del fondo del armario.
Un gesto de dolor asomó a su amoratado y vencido rostro. No había una sola parte de su cuerpo, antaño grácil y esbelto, que no estuviera magullada, marcada por el odio irracional y la frustración cobarde.

Lágrimas de rabia y de impotencia resbalaron por sus mejillas. Las apartó furiosamente con el dorso de la mano, pero, enseguida, brotaron más. Vaya, pensó con tristeza, aún puedo llorar.
Sin perder un minuto, amontonó en la maleta sólo lo necesario.
Con ojos enrojecidos y mirada nerviosa, echó un último vistazo al dormitorio conyugal. Esas cuatro paredes, que habían sido una vez refugio de pasiones y fuegos, se convirtieron en refugio permanente de dolor y de miedo exacerbado.
Agarró con determinación la maleta y se dirigió a la puerta principal. Al otro lado, pululaba la incertidumbre, pero también la esperanza.
Con gesto decidido, cerró la puerta al sufrimiento, consciente de que el resto de su vida comenzaba en ese mismo instante.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

DELIA VAZQUEZ BLANCO

 

TERCER PREMIO:
LIMPIEZA BUCAL

 La cara del hombre que tenía sentado enfrente le resultaba ciertamente familiar.  No sabía si lo había visto en la televisión, o tal vez en el periódico, pero sabía que debía  ser famoso por algún motivo. Estaba dispuesto a levantarse para acercarse a él y  entablar conversación, pero cuando hizo el ademán de aproximarse, se percató de que  aquel hombre se levantaba para irse. Pensó que no era apropiado entretenerle con su  charla, si era él el siguiente en entrar a la consulta del médico

Lo extraño fue que aquél individuo volvió a tomar asiento, como si se hubiera  confundido de número. Esta era su ocasión, ahora podría acercársele. Pero, de nuevo, al  intentar ir hacia él, el hombre se levantó, mirándole fijamente.

Es lo que tienen los espejos.

JUAN JOSE TAPIA URBANO